Hay una verdad irrefutable que cualquier escritor que se precie de serlo debe entender: no hay peor corrector que el mismo que escribe.

Y es lógico. El autor debe estar pendiente de la trama que cuenta, del devenir de sus personajes, de la verosimilitud de lo narrado, de la correcta estructura argumental (introducción, nudo y desenlace), en definitiva, debe estar pendiente de conformar una historia atractiva y que enganche al lector. Es, por tanto, una tarea ingente.

Es por ello por lo que es difícil que pueda prestar la atención adecuada a pequeños detalles (errores en la puntuación, erratas ortográficas comunes, tipografías incorrectas, etc.) y a otros no tan pequeños (incoherencias argumentales, léxico pobre, anacronismos, solecismos, barbarismos, redundancias, pleonasmos, etc.).

El corrector de estilo es aquel profesional preparado para detectar los desajustes globales de la obra, así como los errores puntuales que pudiera tener una palabra, una frase, un párrafo o un capítulo.

La experiencia que atesoramos después de tantos años leyendo y corrigiendo textos nos demuestra que publicar un escrito sin que, previamente, un experto lo analice es una temeridad que debería evitarse.

En Oportet, hemos revisado cientos de obras —tanto primeras ediciones como clásicos— y siempre hemos encontrado cuestiones que eran mejorables.

No cometa un error de principiante: antes de publicar, contacte con nosotros y asegúrese de presentar una obra libre de errores.

 

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