Revisar un poemario es una labor que conllevar un elevado grado de responsabilidad, los correctores de poesía lo saben y, por eso, se ponen a prueba con cada verso.

Corregir poesía no es corregir cualquier texto. El profesional ha de bajar hasta las profundidades de cada soneto, décima o elegía para subsanar cualquier error que amenace con destruir la obra. Porque, en poesía, las erratas no están permitidas ni los deslices ni las generalidades.

Contemplar el mínimo detalle, hasta el extremo. Una ardua labor que no permite fallos ni segundas oportunidades, esa es la del corrector de poesía.

Foto de cabecera de @AcciOrtografica, donde se muestra la corrección realizada por el colectivo Acción Ortográfica
de Madrid en el texto homenaje a José Zorrilla en la calle Huertas de la capital.

La importancia de la fonética a la hora de corregir poesía

En poesía, más allá de la corrección gramatical, el estilo o la sintaxis, cobra especial relevancia la fonética.

En un poema, la musicalidad de las palabras organizadas y dispuestas de una forma determinada darán al texto su esencia y ritmo. El corrector no puede pasar por alto esta característica tan peculiar en un poemario; de hecho, debe preservarla y mimarla, una tarea que no es sencilla.

En poesía, los errores pesan

Sin una buena corrección, la poesía no se entiende, porque los versos son contenido y continente, significado y forma.

Por eso, los correctores de textos que se enfrentan a un poemario cuidan cada palabra, cada signo o cada vacío para preservar el ritmo del texto y su significado.

Pero es que hay veces en las que un error puede incluso pasar a la posteridad por la mala fortuna de cambiar la connotación del texto. Como aquel de Ramón de Garciasol, poeta, ensayista, biógrafo y narrador español miembro de la generación del 36, en cuyo poema dedicado a su mujer apareció impreso: «Y me fui de putillas». en vez de «y me fui de puntillas», como habría querido el autor.

Cuando los correctores de poesía aman el género

En Corrector Oportet, además de meticulosos, mantenemos la cautela. Consultamos con el autor cada duda, cada incongruencia, para saber de primera mano qué quiere decir con ese verso, qué pretende transmitir, e interceder lo menos posible en el manuscrito, para que este no pierda su espíritu.

En poesía, cada detalle cuenta, cada palabra dibuja el alma del escritor.

De hecho, la poesía es un género literario que tiende a desafiar las reglas ortográficas para jugar con las palabras y sus significados, así que, a veces, es difícil discernir qué es intencionado y qué no, qué constituye un error y qué un giro artístico que se ha permitido el autor para desafiar los límites del lenguaje.

Por esa razón, ante la duda, lo mejor es preguntar, trabajar codo con codo con el autor de forma permanente para entenderle y, ante todo, respetar su obra.