A menudo, nos referimos a la figura del corrector profesional de textos como esa persona encargada de eliminar toda falta de ortografía de un texto escrito. Sin embargo, el corrector de textos desempeña una labor que va mucho más allá.

Quienes conocen el sector quizás estén pensando en la importancia de estos especialistas como garantes de la coherencia de una obra, de su exactitud, de su calidad…  No nos referimos a esas cualidades, que también, sino a otras muchas que trascienden de lo meramente ortotipográfico y estilístico de un manuscrito.

Tampoco nos referimos a la ayuda que brinda un corrector de textos personales a quien busca empleo cuando pone a punto su currículum vitae, ni siquiera a la que presta un corrector de textos académicos a todos esos investigadores o estudiantes cuando deben presentar un trabajo doctoral o una tesis perfecta, ni al colectivo de correctores de textos para empresas que velan día a día por su reputación.

Pensemos, por un momento, en un corrector de libros o corrector de novelas como alguien capaz de encumbrar una obra literaria hasta lo más alto del panorama cultural, de hacerla tan visible, tras un informe de lectura, que incluso el mundo del cine se fije en ella y decida llevarla a la gran pantalla. Capaz incluso de adaptarla al séptimo arte, si se diera la ocasión y el profesional contase con los conocimientos necesarios y los medios para hacerlo.

Un corrector es esa persona que, también, se fija en la trama, en el ritmo de la obra, en su estructura, en el desarrollo de los personajes a lo largo del manuscrito, y que puede valorarla y llevarla hasta donde su autor esté dispuesto a llegar, incluso a una futura adaptación al cine.

Y es que, como suele decirse, la labor de un corrector de textos es tan indispensable como invisible a ojos del lector; de hecho, ¿existirían grandes adaptaciones cinematográficas si no existiesen grandes novelas que lo son, precisamente, por estar perfectamente corregidas además de perfectamente ideadas y escritas? Seguramente, no tantas.

Cuando el cine acerca al gran público a la literatura (y viceversa)

Cine y literatura han mantenido, a lo largo de la historia más reciente, un idilio de amor que, esperemos, siga perdurando en el tiempo y de la que somos muy conscientes quienes nos dedicamos a la corrección profesional de libros.

Y es que, la estrecha relación que ambas disciplinas artísticas guardan ha conseguido acercar a los amantes de las letras a la gran pantalla y a los ávidos adictos del séptimo arte a la literatura; doble recompensa, ¿verdad?

Solo hay que echar un vistazo a algunas de las películas más premiadas para percibir la importancia de la literatura y su influencia en el cine: Ben Hur, Lo que el viento se llevó, West Side Story, El paciente inglés, El último emperador… Efectivamente, todas deben su existencia a una novela previamente escrita por un amante de la literatura.

Cine y literatura, adaptaciones que no siempre salen bien, y otras que sí

A lo largo de la historia, excelentes libros han sido adaptados al cine para convertirlos en grandes películas avaladas tanto por la crítica como por los telespectadores.

Entre los muchos ejemplos que encontramos, podemos citar largometrajes inolvidables como Hamlet, de Lawrence Olivier, basada en la obra de William Shakespeare; Ana Karenina, de Clarence Brown, inspirada en la novela de Leon Tolstói; Un tranvía llamado deseo, de Elia Kazan, la película, y Tennessee Williams, el libro; Lolita, de Kubrick, basada en la obra de Vladimir Nabokov, o la épica trilogía de El señor de los anillos, de Peter Jackson, inspirada en la novela de Tolkien, por citar solo unos cuantos ejemplos.

Sin embargo, muchas otras adaptaciones cinematográficas han hecho un flaco favor a las estupendas novelas que las inspiraron. El amor en los tiempos del cólera, obra de Gabriel García Márquez que dirigió en el cine Mike Newell, o El gran Gatsby, de F. Scott Fitzgerald, y cuya versión cinematográfica dirigió Baz Luhrmann son algunas de las más recordadas por la crítica. Una lástima, pues el poder de influencia del cine es tal que una mala adaptación puede provocar el desencanto de miles de telespectadores que, seguramente, ya no tendrán ganas de acercarse a la obra literaria, por muy brillante que esta sea.